Enviado por: José Antonio Gutiérrez (Salta) E-mail: jagutierrez02@yahoo.com.ar
Corría el año 2001 y un grupo de profesionales argentinos viajamos a San Francisco (Estados Unidos) para asistir a un congreso sobre
Nuevamente en el aire, en una empresa de cuyo nombre no quiero acordarme, partimos y llegó la hora del almuerzo. Mis conocimientos de inglés se limitan a las marcas de cigarrillos, whisky, automóviles y últimamente, porque está de moda, “cantri”. Cuando la aeromoza me ofreció el menú, no entendía ni una pizca, hasta que una amable vecina bilingüe me dijo: “le ofrecen huevos” y me resigné a comer un revuelto de huevos. Luego, le pedí vino (en el mundo entero, aunque no se pronuncie igual, entienden cuando se pide vino), pero la azafata moviendo la cabeza me contestaba que no entendía. Otra vez la amable vecina ofició de intérprete: “uaine rous”, le solicitó. Y me quedé pensando por qué en nuestro país los coterráneos del aire deben hablar inglés. Luego de este opíparo almuerzo, ya no regresaron más, como quien dice “aquí rige la ley anti alcohol”.
Finalmente llegamos a destino, pero no podía faltar “el bautismo”: el equipaje no estaba. En el grupo de los “destacados” profesionales argentinos, dos o tres habían concurrido en sus mocedades a los institutos de lengua inglesa, y debieron atender a los “burracos”, que apenas agradecían con el “tankiu” y “gud bai”. Fue a ellos a los que averiguando les dijeron que el equipaje venía vía Los Angeles, los pasajeros por un lado y las valijas por otro, y que por ese motivo teníamos que concurrir a otro depósito. Así, regresaron las sonrisas a los rostros de los universitarios.






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